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Podemos, la historia y el olvidadizo carácter español

Carrillo y Fraga

De forma paralela a esa charla, entretenía yo mis noches, justo antes de conciliar la vida laboral con la personal en el sueño de los justos, leyendo “El Cura y los Mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Iletrados” de Gregorio Morán. Una obra enciclopédica, polémica por lo que retrata, que viene a descomponer en pequeñas anécdotas toda la vida cultural de este país nuestro durante los últimos 50 años.

Y ahí vamos. Lo que Morán hace, lo que escribe, es reconstruir una especie de número especial de un Hola cultural en el que están todos los que fueron pero no están todos los que son: Ansón, Martín Santos, Torrente Ballester, Max Aub, Cela, Martín Villa, y, cómo no, Jesús Aguirre. Entre medias, se relata cómo la minoría silenciosa que años después se convertiría en democrática de toda la vida, se agazapó frente al régimen para medrar y, por qué no, sobrevivir.

Así es como, según vas leyendo te das cuenta que este país está hecho a base de los pequeños olvidos de la historia: nos olvidamos de lo que pasó en la guerra. Nos olvidamos de lo que pasó en la posguerra. Nos olvidamos de aquel franquista. Nos olvidamos de aquella checa. Nos olvidamos de todo por que aquí siempre hemos preferido lo malo conocido a lo bueno por conocer y que vivan las caenas.

Entonces, uniendo los dos elementos, el libro y la charla, las letras y las copas, te encuentras en una situación complicada: aparece un Podemos que trata de poner en solfa el sistema político español con unas cuantas demagogias, algunas palabras claras y un mucho de ilusión. Y uno, que gusta del cambio por que si no esto es jodidamente aburrido, se arrima el ascua a la sardina cansado como está de ver un nivel político bajo, bajísimo, y un nivel intelectual que raya la subnormalidad a base de debates a voces, calladas por respuesta y ticstacs varios.

Nuevos personajes. Mismos juegos.

Esto, lo de defender o tratar de defender la posibilidad de que un nuevo partido político entre en el juego tiene lo suyo. Uno no sabe a qué aferrarse: ¿Y si resultan ser unos hijos de puta? ¿Y si destruyen España? ¿Y si mienten por esa boquita plagada de retóricas universitarias y ‘pubertosas’? ¿Y si son aún más corruptos que los corruptos que ya tenemos?

La respuesta, de nuevo, me la encuentro en la historia. Por que, aunque en esa charla entre amigos y copas termináramos diciendo que la historia blablabla, la historia es fundamental: es ella la que nos marca lo que somos por lo que fuimos. Es ella la que nos dice qué hay detrás de las palabras. Las personas, como todo, vamos anexionadas a nuestro pasado y, aunque haya variaciones lógicas (y hasta saltos de línea) en el pensamiento de cada uno, los giros de 180 grados no son muy comunes una vez llega la edad adulta: uno mantiene una línea de pensamiento (si la tiene) y la va variando y ocultando, pero siempre está ahí.

Y llegamos entonces al siguiente punto: los de Podemos son unos venezolanos irredentos. Su historia nos habla de halagos a la nacionalidad de cada uno, de apoyos incondicionales a países que aquí no vemos con buenos ojos (aunque no sepamos muy bien por qué) y alguna que otra sombra tributaria y extraña.

Pero… ¿Qué nos dice la historia de los otros dos partidos? ¿Qué nos dice la historia del PP y del PSOE? ¿Que nos cuenta el pasado de estos dos partidos que hoy parecen tan serios, tan de toda la vida, tan estables?

A nadie le interesa el ayer.

Empezando por el segundo, el PSOE es lo que es: una continua lucha entre lo que querría hacer y lo que finalmente hace. Un no estamos en la OTAN pero sí. Un no hay crisis pero también. Pero fíjense en un detalle de este partido tan español, tan nacional, tan de estado:

Corría 1974, Franco comenzaba una lenta y asesina agonía y todos esperaban a su muerte para hacerse demócratas. Mientras, en Suresnes (Francia), el PSOE -clandestino por aquellos años- realizaba un congreso para cambiar de aires y de look. Era el tiempo de las chaquetas de pana en un congreso tan mítico como único: Allí Felipe González y los suyos marcarían una época mientras, atención, reclamaban el derecho de la Autodeterminación para las autonomías españolas. Es decir, que el PSOE, mientras le convino para sus estrategias, para llegar al poder, mantuvo una estrategia que, ahora, hoy en día, parece de Podemos. Historia pura, dura e independiente.

Ahora, vayamos a por el segundo. El PP. El partido constitucional. El defensor de los españoles.

Sin pararnos en esa extraña filiación que aún sigue teniendo el PP por no denunciar la dictadura franquista (que es algo tan de perogrullo que aún duele), bastaría con mirar a su fundador, el señor Fraga Iribarne, para darnos cuenta de que algo se ocultaba en el alma de este partido. Fraga, ministro franquista, el de la censura, se convirtió en demócrata por inspiración de la guadaña el día que murió Franco. Su visión de la democracia, por tanto, es sumamente peculiar. De hecho, hay unas declaraciones suyas que expresan a la perfección lo que aún muchos creen que es la democracia y la libertad de expresión en este país: “creemos en la democracia, pero en la democracia con orden, con ley y con autoridad”

Por aquellos años Fraga había creado un partido (Alianza Popular) al que luego tuvieron que cambiar el nombre (PP) para que no se asociara a lo que se asociaba, es decir, al general muerto, a la censura y a una dictadura de 50 años. De hecho, fue ese partido, el germen del que hoy está en el gobierno, el que se abstuvo en la votación de la Constitución Española. La misma que hoy defienden a capa, espada y declaración incendiaria.

Fraga, que había participado en la redacción de la Constitución, fue capaz de utilizar ese doble lenguaje tan común en la política española para participar en la creación de la misma y, a la vez, fomentar la abstención de su partido (formado, mayoritariamente, por franquistas de toda la vida, algo normal por que Franco había durado, como mínimo, toda una vida).

Pero no solo Fraga pidió la Abstención: un joven Aznar, referente ahora de lo que debe ser España, pedía, allá por el 23 de febrero de 1979, en un artículo en el periódico La Nueva Rioja, que los españoles se pensaran muy seriamente lo de votar un sí a la Constitución:

La política española hasta el momento presente, se ha visto regida por compromisos de los dos partidos mayoritarios, a través del llamado consenso. Tal situación ha provocado un efecto fulminante cual es el de la desconfianza de una enorme masa de españoles en el buen funcionamiento del sistema democrático.

No me negarán que, como mínimo, la historia nos trae de vuelta declaraciones que podrían salir hoy mismo de la boca de cualquiera. La situación, por tanto, no ha cambiado mucho. Si las posiciones de cada personaje, pero no las políticas ni los mensajes. Aznar, que abogaba por que “en determinadas ocasiones, la abstención puede estar justificada. Incluso darse el caso de una abstención beligerante como en el pasado referéndum constitucional” no es el mismo Aznar que ahora ve en podemos a los “agentes de la destrucción de la paz, la libertad y la democracia, dispuestos a dejar su huella también en el siglo XXI”.

Aznar, ahora, conoce las mieles del poder y ha llegado donde ha querido a base de una constitución que, según él y los suyos, no valía para nada. Se ha servido del sistema y del pueblo, como hacemos todos, para conseguir los objetivos en los que creía. Ha retocado su pensamiento, su argumentario y se ha adaptado a la mayoría manteniendo la esencia. Ha mentido y ha traicionado sus propios principios. Tal y como hará Podemos.

Políticas más. Políticas menos.

Y así, sinceramente, llego a un momento en el que ni me planteo pensar sobre la bondad de los unos y los otros. Es poder. Sería estúpido creer, viendo la historia (no la nuestra sino la de la humanidad) que haya alguien capaz de enarbolar la verdad y la dignidad de un pueblo sin malearla y transformarla en otra cosa. Es, de nuevo, poder. Y el poder transforma a las cosas y a las personas en cosas y personas con poder. Que parecen lo mismo pero no lo son.

Por eso, me sale el lado cínico de la vida y tan solo pido coherencia. Coherencia al ciudadano para reconocer en el poso de la historia la verdad de los tiempos. Que seamos capaces de dejar de pensar en plano para comenzar a atar los cabos que la historia y la actualidad nos ponen frente a nosotros no es cuestión de un día pero es la única forma de tener una sociedad más justa: debemos trabajar para crear una visión crítica de nosotros mismos, para cuestionar la realidad que nos plantean y para votar a quien creamos que puede plantearnos las soluciones que necesitamos.

Pero, a la vez, para conseguirlo, debemos dejar de reducir la realidad a esas visiones simplistas tan de telediario o tertulia, visiones que enarbolan titulares y noticias de media hora sin contexto ni sentido. Utilicemos la historia para ponerle contexto a la vida. Utilicemos nuestro voto para poner en su sitio a quienes juegan con nuestra frágil memoria. Y, luego, bebamos otro trago.

Asédiame otra vez…

Viene todo esto, en plan rápido que el sueño me convence, en que llevo días saltando entre pensamientos por los scraches y, ahora, por los asedios. Se me aparecen en conversaciones Ada Colau y Bárcenas, ciudadanos asediadores y ciudadanos asediados y yo pienso en lo que dicen los unos y lo que dicen los otros y el sentido común me lleva a pensar en el hartazgo y la sinrazón. Pensaba yo en esto, fijense, por aquello de utilizar la palabra ASEDIO, tan grave, tan mortal, para algo como esto. Y de ahí…

… Me viene, de repente, la ráfaga de un ciudadano cabreado, cansado, seguro que desequilibrado, hastiado de todos y de todo, que un día se pone el mundo por montera y la lia bien gorda a tiros contra uno de esos políticos que pensó que un pueblo es una masa informe que vota y no un ciudadano desahuciado que dispara. La culpa, entonces, será de todos pero ahora, por el momento, sólo es de unos. Los ahora asediados, del color o bando que sean, han provocado que lleguemos a ese importunar sin descanso a base de decisiones equivocadas.

Lo jodido, entonces, es que no hay otra forma. Es decir, no parece haberla. Por que lo único que podría evitar que un ciudadano un día coja su montera calibre 54 será que los simples asedios, los simples scraches molestos pero inofensivos sirvan para algo más: para que la imagen que proyectemos hacia fuera sea aún más triste de lo que ya es. Nosotros, el país de la risa, que ya no rie sino escrachéa.

Así, quizá los escraches, los asedios, sirvan no para presionar a personas que parecen haber perdido todo el respeto por la gente a la que gobiernan, sino para hacer que estos sean presionados. Para que sea la imagen ingobernable de un país sin gobernadores la que obligue a otros a “dar un toque”, a provocar otro asedio pero desde fuera, desde Europa, desde la Galaxia que sea, desde ese más allá que parece estar justo acá.

La vida en abril de 2013

Hoy es la primera vez que veo la tele más de dos horas seguidas en los últimos meses. Ver de entender. Como el oir y el escuchar. He estado con la Fórmula 1, que es otra de las cosas que me marca el paso de los años: el momento en que los coches me vuelven a ocupar los domingos a la prudencial hora del mediodía. Quizá sea lo único que he visto en los últimos tiempos en la caja tonta. Ahora se me pasan los días en el portatil, poniendo series a go-go –viciadísimo con Fringe, tocando de lejos House of Cards– y leyendo como un loco.

Me doy cuenta de que me gustan demasiadas cosas. Pero como que me parece un síntoma general del hoy: todo es lo más, el mejor libro, la mejor serie, la mejor estafa o corruptela. Estoy intentando rebajar mi entusiasmo desaforado por las cosas pasajeras. Estaría bien poner en claro qué es lo más de lo más que he leído en los últimos tiempos pero  leer tanto -sobre todo por internet- quizá esté anestesiando un poco los recuerdos de lo bueno por que de casi todo se puede sacar algo bueno.

Me quedo, como siempre últimamente, con Jot Down: He leído varias entrevistas que me han gustado, entretenido, hecho aprender: desde la de Loquillo a la de Vestringe. Creo que todos los tios querríamos llevar dentro un Loquillo: alguien con pintas de dejar huérfanos y embarazadas mientras pasea honesto y seguro por la noche más sórdida. Lo de Vestringe es otro rollo aunque esa vida de personaje límite que ha tenido enriquece a cualquiera que sepa mirar más allá de las palabras.

He cambiado el blog pero me pierdo entre el CSS. Me faltan aún cosas por modificar pero quería algo así: simplificarlo al máximo y olvidarme de SEO, de cosas bonitas, de todo lo que me paso el día leyendo y aprendiendo: no quiero marketing, ni calltoaction ni pollas en vinagre. Lo quiero para escribir, algo que quiero hacer siempre y que, al final, sólo hago por trabajo. Y no. Otra cosa es que, por fin, lo cumpla.

Le meto mucha chicha al Spotify. Probablemente sea el dinero mejor invertido del mes, el que pago por tener música a go-go. Aún así, llevo un tiempo que no encuentro nada nuevo que me reviente los tímpanos. Será lo poco ortodoxo de mis gustos, que han pasado del Reguetton de Calle 13 a Las Bodas de Fígaro en un mismo mes y sin despeinarse. Y entremedias, paradita gore con Daft Punk.

Me he leído varios libros interesantes últimamente: La Conquista de la Felicidad, de Bertrand Russell me dejó encantado por su tranquila exposición de lo obvio. Russell te dice que él intenta ser así y que así deberías ser si quieres, al menos, ser feliz y no terminar por darte cuenta un día de que todo es una puta mierda. Y eso pasa. Y hoy mucho más. El hoy es un tiempo complicado de vivir para la mayor parte de la población por lo que comenzar a pensar un poco en general, sopensando, no nos puede hacer mal.

Hay personas que son incapaces de sobrellevar con paciencia los pequeños contratiempos que constituyen, si se lo permitimos, una parte muy grande de la vida. Se enfurecen cuando pierden un tren, sufren ataques de rabia si la comida está mal cocinada, se hunden en la desesperación si la chimenea no tira bien y claman venganza contra todo el sistema industrial cuando la ropa tarda en llegar de la lavandería. Con la energía que estas personas gastan en problemas triviales, si se empleara bien, se podrían hacer y deshacer imperios. El sabio no se fija en el polvo que la sirvienta no ha limpiado, en la patata que el cocinero no ha cocido, ni en el hollín que el deshollinador no ha deshollinado. No quiero decir que no tome medidas para remediar estas cuestiones, si tiene tiempo para ello; lo que digo es que se enfrenta a ellas sin emoción. La preocupación, la impaciencia y la irritación son emociones que no sirven para nada. Los que las sienten con mucha fuerza pueden decir que son incapaces de dominarlas, y no estoy seguro de que se puedan dominar si no es con esa resignación fundamental de que hablábamos antes.

Vivimos inmersos en una dictadura de la actualidad, del presente, que no nos deja reaccionar. Russell va un poco por ahí: toma perspectiva, relativiza, pone en conjunto, disfruta. Es jodido hacerlo y más con esa contínua presión de lo noticiable que nos hace caer en el todo vale. Quizá por eso no veo la televisión.

También he leído Conversación en la Catedral, de Mario Vargas Llosa. Costoso para mi en los principios, fue una decepción inicial (¿en serio la conversación es en un bar llamado La Catedral y no en una Catedral?) para convertirse en una sorpresa enorme conforme avanzaba el tanto por ciento leído. Su forma de mezclar, de entretejer conversaciones, personajes y tiempos me resultó tan extraña e inentendible como necesaria conforme vas leyendo más: si no lo hace así, no se entendería lo grande del proyecto, la inmensa complejidad del argumento que expone Llosa. Quizá en esa complejidad influya en un principio los virajes propios de lenguaje peruano, plagado de “bulines” y otros giros que, al comienzo, hacen que no sepas ni dónde estás.

—¿Sabe lo que son las tres líneas? —el señor Vallejo lo miró con picardía—. Lo que los norteamericanos, el periodismo más ágil del mundo, sépalo de una vez, llaman el lead. —Te hizo el número completo —dijo Carlitos—. En cambio a mí Becerrita me ladró escribe usted con las patas, se queda sólo porque ya me cansé de tomar exámenes. —Todos los datos importantes resumidos en las tres primeras líneas, en el lead —dijo amorosamente el señor Vallejo—. O sea: dos muertos y cinco millones de pérdidas es el saldo provisional del incendio que destruyó anoche gran parte de la Casa Wiese, uno de los principales edificios del centro de Lima; los bomberos dominaron el fuego luego de ocho horas de arriesgada labor. ¿Ve usted? —Trata de escribir poemas después de meterte en la cabeza esas formulitas —dijo Carlitos—Hay que ser loco para entrar a un diario si uno tiene algún cariño por la literatura, Zavalita.

En un mes o así me mudo y la cosa se pone interesante: encontrar un piso con el presupuesto actual va a ser un verdadero reto en el que cuadrar necesidades e intenciones. Encontrar casa es como hacer un recorrido por las miserias del ser humano: visitar pisos andrajosos por cantidades inimaginables o conocer a caseros insidiosos y estúpidos es una de las tareas que más le apetecen a alguien en la vida. Junto con la de destrozarse las pelotas a garrotazos.

Por qué no fui a la Huelga del #29M

29M (X)

Sirva esto de descargo y explicación. Sirva de reflexión interior y exterior. Sirva de lo que sirva me siento para contar el por qué, una vez más, no fui a la Huelga. Sirva, pues, para explicar por qué no he ido a esta y por qué no fui a la anterior. Empecemos por el primer motivo: la ausencia de reflexión.

Reconozco, entonces, que apenas he pensado en la Huelga. Apenas he pensado en nada que no tenga que ver el trabajo, internet, la familia, los cuatro amigos que me acompañan y la pareja que me escucha. Soy, como ya he indicado en este blog alguna que otra vez, un tipo que le da demasiadas vueltas a las cosas. Creo en las millones de aristas y en las millones de opiniones. Tengo unas cuantas ideas claras referentes a la justicia social, la solidaridad y el estado de las cosas (económicas) y, a su vez, soy consciente de algunas de las realidades del mundo y de la posibilidad (o imposibilidad actual) de que sean llevadas a cabo.

Con esto quiero decir que creo en un cambio de sistema, en que somos capaces de crear algo mejor de lo que hay. Pero, a la vez, creo que mi guerra, si la hubiere, está en sobrevivir. Quiero crear cosas. Quiero hacer cosas. Y, para hacer esas cosas, no puedo por más que obviar otras. Dejar de lado temas que antes, cuando la edad y  la vida eran más fáciles, me llevaban los demonios y me consumían las entrañas.

No fui a la huelga 2

Llegamos, entonces al cierto cinismo político y social que me acompañan desde que esas cosas dejaran de consumirme las entrañas. Por que, como comprenderán, uno no pierde todo su idealismo de un día para otro a base de responsabilidades y expectativas. Este cinismo, por desgracia, está íntimamente ligado a la profesión que llevo o tengo: periodista.

Al ser esto he ido viendo como la propia degradación de la profesión se hacía extensa a la propia degradación social. No se alarmen, pero desde algunas atalayas los chanchullos se ven meridianamente bien. Niquelados.

Entonces, recuerdas cuando uno dijo esto y al poco dijo lo otro. Cuando eso era (y es) lo lógico pero se hace lo contrario. Cuando ves a un país destruirse poco a poco. Cuando han pasado 5 años de crisis –¡5!– y las declaraciones son las mismas, los movimientos exactos y las cagadas siguen cayendo encima de los mismos.

De ahí, pues, el segundo motivo: creo en el cambio pero sé que no seremos nosotros los que lo veamos. Sé, por que me gustan las perspectivas, que el ser humano irá a mejor y que, si no España sí en conjunto, continuaremos mejorando. Pero, ahora bien, creo que este país en particular tiene aún mucho que madurar. Y lo hará. Pero no seré yo quien lo vea.

29M (IV)

No fui a la huelga (y 3)

O no. Me explico. Quizá en unos 30 años las cosas empiecen a hacerse bien. Es evidente que España necesita ciertas cosas pero por ciertos motivos políticos (odio partidista) y ciertos motivos sociales (clasismo) eso tardará en llegar. Para eso habría que entender que yo no iría a la huelga por la reforma laboral en sí sino por algunos detalles. Que yo iría a la huelga si fueran los ciudadanos y no los sindicatos los que fueran a la huelga. Iría a la huelga para reformar el estado de esos mismos sindicatos, eliminar contratos, modificar el sistema de subsidio, cambiar y escoger un sistema educativo permanente, elegir un modelo de estado e invertir en investigación, ciencia y desarrollo. Y cambiar la ley del voto. Para eso, iría.

No iría, entonces, para perpetuar y refrendar ciertas estructuras que ya no. Ni para aupar sus ideas (en cuales de las muchas creo) para que se sigan haciendo las cosas mal. Todos, (cinismo de nuevo), beben de un mismo charco y yo, si puedo, con esa gente no me manifiesto. Pero no por que sienta animadversión/odio/loquesea por ellos, sino por que no me lo puedo permitir.

No fui a la huelga (y 4)

No me da. No me da el mes para perder un día de sueldo. No es que gaste desaforadamente ni me pase el día de compras. Tengo pocos vicios, pocas virtudes y muchas ganas de hacer cosas. Así, y con esta profesión, se imaginarán que no nado en la abundancia. Ni lo preveo. Preveo ganarme la vida con lo que me gusta para ser feliz el resto de mi vida. Para eso, ahora, por lo que veo, toca sufrir. Toca trabajar, crear, invertir horas y soñar. Toca conocer gente, aprender más cosas (no se olviden de que internet es una revolución), seguir aprendiendo más y, a la vez, vivir. Son, aunque no lo crean, muchas cosas. De cojones.

Entiendo que piensen que un día de sueldo no es mucho pero quizá por eso ustedes han ido y yo no. Entiendo que piensen que mi actitud puede tacharse de un tanto relajada, autocomplaciente e incluso, totalmente pasiva con lo que me rodea. Lo entiendo. Incluso yo mismo lo pienso. Pero, a la vez, pienso en la vida que quiero, en lo que necesito hacer y en lo que no. En lo que puedo permitirme y lo que quiero permitirme. En lo que gasto mi tiempo y en lo que no.

Y es, de nuevo, que no.

Fotos del post a cargo de Sitoo en su canal de Flickr.

Tres Españas y una Reforma Laboral

Tres-Españas-una-reforma-laboral

De toda la vida he escuchado lo de las dos Españas. Esa verdad, enmascarada en metáfora guerracivilista, nos muestra una parte de nuestro carácter y un mucho de estas últimas décadas. Hoy, con la Reforma Laboral (así, en mayúscula) serpenteando entre muros, timelines, titulares y conversaciones, asoman en mi cabeza conversaciones de los últimos tiempos y noticias de las últimas horas. Y ahí es cuando aparecen estas dos Españas que hoy, por obra y decreto del Gobierno se transforman en tres. Tres Españas que son una: esa que se sumerge en el paro, la generación perdida y la incertidumbre. La misma que quiere progresar, cambiar y crecer. Y aquí estamos.

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España, destituciones y políticas

España-Destitucion-Politica

Los hechos: Destituyen al director del Festival de Cine de Gijón Jose Luis Cienfuegos.  El nuevo ministerio del Interior fulmina a la cúpula de la Policía Nacional. En las primarias del PSOE no habrá debates. Modificación continua de los planes educativos estatales. Derogación sistemática de leyes aprobadas por el gobierno anterior, fuese este cual fuese.

Los pensamientos: La relación entre las frases de ahí arriba es la tristeza. Tanta tristeza como destituciones o imposiciones a dedo. Tanta tristeza como los cambios a go-go en cada legislatura. Tanta tristeza como un país entero a la deriva, falto de un rumbo constante, fijo.

José Luis Cienfuegos

Todas esas cosas, como digo, están relacionadas. En todas ellas aparecen los mismos componentes: un cambio político que propicia un cambio administrativo que provoca un cambio en la sociedad. En España, concretamente, sucede cada cuatro años aproximadamente y afecta, más o menos, a todas las capas profesionales que nos podamos imaginar. Periodistas y culturetas, políticos o administrativos, educadores y trabajadores.

Todos, los unos y los otros, asistimos a una España concretamente absurda, pueblerinamente cerrada. España, la nuestra, es ese lugar en el que los puestos del poder y los del trabajo rotan no por una meritocracia digna y eficiente sino, simple y llanamente, por un “poner a los míos” donde antes estaban “los otros”.

Esa conciencia de “ellos” y “nosotros”, instalada en los bares y la política (que no en la calle ni la familia), es la que provoca estos mismos movimientos sísmicos estúpidos e irracionales que propician cambios como el del director del Festival de Gijón o reestructuraciones educativas (tan graves) como todas las que ha sufrido este país.

Cultura del ahora

Entonces nos encontramos con una situación aburrida en la que se critica la destitución pero no la “cultura de la destitución“. Por que, aunque nos duela, Españolandia es eso: cultura del “dedo” y no del “mea culpa”. Cultura de la destitución pero no “de la dimisión”. Cultura escasa y antigua, anclada en un pasado que en este país siempre pareció ser mejor.

Lo habitual es pensar que, por definición, quien no es nuestro amigo o conocido es un soplapollas. Y así. Pensar que los tuyos lo harán mejor sin saber qué hacían los otros. Perder el tiempo, los recursos y los dineros en un continuo inicio que terminaría por desesperar al mismísimo Sísifo.

Porque en este sacrosanto país funcionamos en modo Windows. Cada poco, por tanto, nos toca reiniciarnos, volver a comenzar y “resetear” el sistema. Limpiarlo y desfragmentarlo. Volver a instalar programas, a contratar gente, a formar empleados. A empezar, en resumen, de cero, sin un plan previo, sin una estructura a largo plazo.

¿Cómo podemos, entonces, esperar una evolución como país, como sociedad, si cada cuatro años se desanda lo andado? ¿Cómo saldremos de esta y de otras siendo un país de extremos, en el que los puntos medios, el diálogo o los pactos brillan por su ausencia? ¿Cómo progresar en un país repleto de expertos, del “yo más” y el “tú no”?

Rubalcaba mitin en Sabadell

¿Y ahora qué?

La imposibilidad, por tanto, se perfila en ese horizonte repleto de sol y tapas del que tanto nos gusta presumir. Y eso, al final, cala en una sociedad acostumbrada a vivir al día. Dónde se premia al pillo y al listo. Dónde importa ganar dinero pero no crearlo. Donde la creencia más absoluta es que las cosas son sencillas de hacer, de inventar y desarrollar. Por eso, creemos en el mal pagador y en lo efimero. ¿Para qué consolidar un equipo de trabajo con sus rutinas y procesos cuando el pensamiento general es que “otros” lo pueden hacer mejor? ¿Para qué realizar una transición elegante y progresiva, en la que se dejen las cosas atadas, en la que los equipos convivan para crear un proyecto mejor, formado de ganas e ideas? Para nada. Sobre todo cuando la creencia última en este país es que TODA esa gente lo hace TODO mal. Aunque los datos digan lo contrario. Aunque los expertos alaben su trabajo. Aunque todo, hasta ahora, fuera bien.

Buscando el beneficio inmediato, el aplauso de la grada, hemos olvidado que la vida es una carrera de fondo para seguir trincando del presente. Y a eso se agarran. Como animales que somos, tendemos a obviar el futuro y los análisis. Vivimos de un presente que se nos desmorona a cada paso: normal, nunca nos preocupamos de apuntalarlo porque nosotros ya hemos pasado por ahí.

No importa, claro está, cuales fueran los méritos de unos o los méritos de otros. El problema, de nuevo, es ese revanchismo innato que tenemos dentro. No importa el progreso conjunto, la visión de estado o la evolución positiva de las cosas. Lo único que importa es la concepción política del fútbol, la división en dos equipos y la batalla asegurada. Lo único que importa, al final, es el sálvese quien pueda a grito pelado y enchufes en la mano. Sin más.

Fotos: En Flickr gracias a Social Ice y a… ¡ConRubalcaba!

Los tres Reyes Magos y el pecado original.

Reyes Magos Pecado Original

Las cosas pasan cuando pasan. Algunas, las menos, pasan por teléfono y las otras, las más, pasan en cualquier lugar. Una de las primeras, de las telefónicas, ocurrió cuando mi hermana pequeña, ya mentada en este blog, tuvo a bien conversar largo y tendido sobre dos temas diferentes en una misma conversación esquizofrénica: desnudos en internet y la duda razonable sobre la existencia de tres entes paranormalmente generosos como son Papá Noël, los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez. Read On…

Ikea, Valladolid y Max Otte

Ikea-Valladolid

Ikea Valladolid. Tal como suena. El supermercado de los muebles ha abierto sus puertas en la tierra del Pisuerga y la ciudad parece cobrar un olor a mueble, bolsa de papel y llave multiusos. Con 250 puestos de trabajo directos  (según dicen), más de 30.000 metros cuadrados y la expectativa de 2 millones de visitantes anuales es normal (muy normal) que la apertura de la tienda haya levantado expectativas. Y ampollas. Y tarjetas de crédito. Y una revisión a su historia, vida, milagros y oscuranteces. Que de todo hay en los almacenes del señor. Read On…